ROSARIO DE LA FRONTERA. (De nuestra enviada especial, Irene Benito).- Nerviosa por el interrogatorio, la alumna C.T. responde rápido y casi con desgano, como si durante los últimos días no hubiese hecho otra cosa que comentar los cuatro suicidios de adolescentes que conmocionaron Rosario de la Frontera. Cuatro suicidios y casi 25 intentos frustrados, según los datos oficiales. La estudiante se siente lejos de esa realidad, aunque tres de los chicos fallecidos concurrían a su mismo establecimiento secundario, la Escuela de Comercio Nuestra Señora del Rosario.
"Muchos hablan del jueguito, pero yo nunca probé", explica C.T. mientras acaricia su delantal inmaculado y observa de reojo a los estudiantes que sí disfrutan del recreo. Al igual que muchos de los adultos, la estudiante cree que la experimentación con asfixia se propagó por internet. Ese juego se ha convertido en una cosa muy seria. Opina con pesar: "podía pasarle a cualquiera".
Algo parecido manifiestan en el aula de noveno segunda, que en esta inédita seguidilla de suicidios perdió a dos alumnas de 14 años. Tan incómodas como C.T., tres compañeras se esfuerzan por sonreír mientras detallan cómo cambiaron sus vidas a partir de la tragedia: "nuestros padres están obsesionados, no dejan de controlarnos. De repente sentimos que nos miran de una forma extraña, como si nos fuésemos a matar". Se acabaron los permisos irrestrictos. Los adultos preguntan "¿quién es?" cada vez que llega un mensaje de texto al celular. Los sucesos han creado un estigma que las alumnas de noveno segunda rechazan y cuestionan: "¿por qué tenemos que pagar nosotras por lo que hicieron unos cuantos?"
Las nuevas restricciones a la libertad, si existen, no saltan a la vista. En la escuela, los alumnos se ríen, corren y conversan como antes de la constitución del comité de crisis -con expertos enviados por el Gobierno de Salta- que, desde el lunes, asesora a la comunidad rosarina.
La vitalidad de los estudiantes contrasta con el agotamiento de los directivos y profesores. Algunos parecen espectros. La tragedia ha explotado en la escuela secundaria más grande de la ciudad. Dos mil alumnos asisten a esta institución, que, sin embargo, no dispone de gabinete psicopedagógico.
Trascendidos por doquier
Libre entre los libres, el alumno P.J. se resiste a dejar a sus amigos para dialogar con LA GACETA. Reniega y protesta, pero, al final, se acerca. Su aspecto desaliñado confirma su fama de incorregible. Como es previsible, a él tampoco le gusta saberse vigilado. "Estoy harto de este tema. Yo no tengo nada que ver", se cura en salud. La fiscalización parece lógica en un clima que, de a poco, comienza a estabilizarse, pero que aún está gobernado por el miedo, la tensión y los rumores. Llueven trascendidos sobre las supuestas causas de los suicidios: las hipótesis incluyen desde el juego masoquista -una suposición sostenida por la Policía y el comité de emergencia- hasta la intervención de una fuerza sobrenatural y maligna. Ayer, María Luisa León, directora de la Escuela de Comercio, incluso deslizó que un adulto pudo manipular a los adolescentes.
Mucho y nada que decir
Los chicos tienen mucho que decir al respecto. El martes, sin embargo, algunos padres de alumnos de la Escuela de Comercio sugirieron que existe "un pacto de silencio" entre los estudiantes.
La acusación choca contra la seguridad de C.T., que, antes de volver al aula, diagnostica: "la escuela no puede reemplazar a la familia. El problema se presenta después de clases, cuando muchos chicos se quedan solos. Algunos ?se vician? (juegan a la computadora) todo el día. Esa situación es muy normal aquí". No piensa igual P.J. Según su opinión, el problema es que ciertos chicos gozan de demasiadas comodidades. "Se meten en problemas porque no sienten necesidad de superarse. Tienen todo servido", apunta con desdén y se aleja a las corridas.